La hidratación también debe seguirse de forma equilibrada. Vea aquí cómo calcular la cantidad de agua que debemos ingerir día a día.

Todos sabemos – o deberíamos saberlo que beber agua es fundamental para nuestra vida. Sin embargo, la cantidad de nuestra hidratación sigue siendo motivo de dudas frecuentes y, por supuesto, creencias de sentido común. La mayoría dice que se necesitan al menos ocho vasos diarios del líquido, pero, ¿es realmente cierto? El hecho es que, incluso en eso, el equilibrio es la clave de nuestro organismo.

Especialmente en los días más calurosos, es importante tomar líquidos a lo largo del día, siempre un poco a la vez, para no pasar muchas horas sin hidratarse. En verano, por ejemplo, cuando perdemos mucho líquido a través del sudor, debemos tratar de ingerir la bebida cada hora, incluso sin tener necesariamente sed.

Tener que beber agua ocho veces al día es un mito. La cantidad de agua que debe consumirse en el día es individual. El cálculo hecho es 35 ml de agua multiplicado por el peso corporal de cada uno. Por ejemplo: una persona de 45 kg debe tomar 1,5 litros de agua (7-8 vasos/día) y una persona de 80 kg debe tomar 2,8 litros de agua (14 vasos/día). Recordando que el agua no puede ser reemplazada por otros líquidos como tés, jugos, refrescos, etc.

En el caso de las personas de edad avanzada, este valor varía de 20 a 30 ml por kg de peso según el grado de funcionamiento de los riñones. Esta cantidad puede aumentarse si la persona transpira mucho o sufre diarrea y/o vómitos, lo que aumenta la pérdida de líquidos.

¿Qué pasa si bebemos demasiado agua?

Por muy tentador que sea cansarse de agua en medio de tanto calor, tomar líquidos en exceso no solo no sirve de nada, sino que puede interponerse en el camino. Así como ingerir cantidad de agua por debajo de lo recomendado es malo, demasiada hidratación puede causar un desequilibrio electrolítico (de las sales minerales) y causar efecto opuesto a la deshidratación que trae una serie de molestias que solo empeoran el malestar que sentimos con el calor del verano:

La deshidratación provoca una sensación de debilidad, cansancio, fatiga, disminución de la presión arterial, aumento de sed, aumento de la frecuencia cardíaca, la caída del rendimiento, la sensación de piernas pesadas, falta de aliento, dolores musculares y/o falta de coordinación motora pudiendo provocar esguinces.